lunes, 28 de abril de 2008

Que todo fuera como esto!!!!


Habría menos manchas de sangre en los rieles del metro, habría menos chamaquitos que pasean su tilín en las colonias proletarias de las grandes urbes. Habría menos letreros de ofertas mentirosas en los mercados. Habría más poesía y menos ortografía, menos asfalto y más abrazos. Habría menos suelas gastadas y habría más veredas nuevas. Los soles que iluminan estos patios darían más sombras para descansar las conversaciones que se interrumpen en la madrugada, tejabanes frescos pa’ la plática y pa’l recuerdo. Jarritos de barro con agüita fresca y un violincito hidalguense que se pone a la plática y plática con un guitarrita de Paracho, cuando se cuentan de sus pueblos, de sus caminos, de sus veredas, de lo que los ojos de las maderas han visto, de las lenguas que a lapsos intermitentes aprenden, olvidan y vuelven a aprender. Y ahí estaría el míspero regalando su sombrita, ahí estaría el canelo, haciendo como que no entiende la plática de la gente, para inmediatamente después irle a contar al pino mientras le echa una miada.
El vaporcito en la olla de los frijoles también como que le quiere entrar al argüende, bufa dentro de la olla por que quiere salir a contar del fuego, del aire, de la tierra y del agua que le dan forma, quiere platicar que allá en la panza de la tierra no hay más plática, todos ya conocen la palabra del otro que es la suya propia, ya nadie necesita decir nada, es silencio, pero un silencio en el que se encierran todos los sonidos de la tierra, los que hicieron vibrar con estertores de cataclismo y volcán las primeras horas del mundo y las ultimas notas del himno de muertos que habremos de entonar cuando se abra el séptimo sello…
…¿De que pendejadas hablas?- Me grita el vaporcito de la olla de los frijoles. -¡Deja de hacerte pendejo vale!- Y me devuelve al ruidero del mundo, a la cantaleta del aire y el chingado chilladero de pájaros en la enramada, me devuelve al brillante canto de los olores que se cuelan a través de kilómetros y kilómetros de asfalto. Le echo tantita a agüita a la belén que esta junto a la puerta y me apuro a llegar a la chinga, que es la forma en la que ahora sé cantar, como lo hacen el vaporcito en la olla de los frijoles y los pájaros en la enramada.

Violeta amarilla



Y ai ando, ando, como andas,
como andanada de perros rabiosos,
camino y no avanzo,
vueltas y vueltas doy en el mismo lugar,
bostezo y cada bostezo una bocanada de aire se gasta,
se pierde,
me pierdo con el aire de la bocanada perdida,
nos perdemos,
como alguna vez me perdí.
Te perdí de vista.

Y ‘ora?

‘Ora no hay rayitas blancas que indiquen donde un carril,
donde yo.
Pero camino dando vueltas y me rio,
me rio de la sombra a mis pies que se enoja
por que no me estoy en paz,
por que no la dejo estar.
El policía esta bien atento
y no puedo pegar el salto para llegar al anden.
Las puertas se abren,
pero no para mi,
sino para escupirme en la cara 1,500 kilos de grasa y de aburrimiento

que embisten la pequeña violeta amarilla
que traía en la solapa para hacerte reir.

Un canto a la vida se atora en mi garganta


Un canto a la vida se atora en mi garganta,
la risa en mi rostro es áspera,
mi rostro es de piedra,
una piedra que respira,
una piedra con espinas con las que otean el aire.
Un canto que surge de esta piedra.
Humedad debajo de su piel,
movimiento de cristales.
Piedra y metal,
dan paso al fuego.
Un canto a la vida se asoma en la garganta de esta piedra.
En la sal de esta piedra.
En la sal en mi garganta.